Programas Psicoeducativos como herramienta para afrontar con éxito los procesos de ruptura conyugal.

Las familias separadas constituyen una parte de la realidad social que demanda una atención especial y una intervención específica. En  España, en 2012 se han llevado a cabo 104.262 divorcios y 6.369 separaciones, lo que implica que un número considerable de menores ha tenido que sufrir la ruptura familiar. La mayoría de ellos no están preparados psicológicamente para dicho acontecimiento;  a esto debemos añadir que  el alto nivel de conflicto preseparación que, generalmente, se da en estas familias facilita el desequilibrio emocional de todos los miembros del grupo familiar:  En los hijos, el conflicto limita sus  capacidades de adaptación a la nueva situación, y los padres prestan menos atención a sus hijos a causa de su propia inquietud emocional, lo que contribuye a incrementar la angustia de los menores.

La experiencia de los profesionales que trabajamos en este ámbito muestra que los procedimientos judiciales suelen avivar la discordia entre los progenitores tendiendo a hacer crónicos los conflictos más que a resolverlos. Frecuentemente, en los procesos legales se establece un círculo vicioso en la lucha establecida por ambas partes para intentar llegar a acuerdos, con un enorme derroche de tiempo, dinero y conflictos que transcienden a los hijos.

Existe, además,  un importante cuerpo de investigaciones sobre los efectos de los procesos de separación y divorcio en los hijos y sobre las variables que determinan la calidad del ajuste de los hijos a la nueva estructura familiar: El género del menor, su edad en el momento de la separación, el tiempo transcurrido desde la separación, el nivel de conflicto interparental, relación del niño/a con el custodio y con el no custodio, etcétera son, entre otros, factores que predicen el ajuste post-ruptura.

Otras investigaciones sobre los efectos de la separación y divorcio en menores consideran el desequilibrio emocional como uno de los factores de riesgo predictores del tipo de desórdenes provocados por esta problemática (conductas regresivas, problemas de aprendizaje, comportamientos disruptivos, sentimientos de abandono, soledad, miedo, etc.) (Cantón, Cortés y Justicia, 2000).

Todo lo anterior nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la inteligencia emocional sobre las consecuencias asociadas al proceso de separación y a pensar que, aunque la separación parental sea un evento adverso, es posible enseñar y aprender a responder de forma controlada, positiva y madura. Es decir, se puede entrenar la inteligencia emocional de las familias implicadas en un proceso de ruptura, ya que este entrenamiento va aportar la capacidad necesaria para controlar las emociones negativas y los pensamientos distorsionados que acompañan a la separación parental, permitiendo racionalizar las decisiones de forma más eficaz. Y es que distintas investigaciones (Bisquerra, 2000, Fernández Berrocal, Ramos y Extremera, 2001, Goleman, 1997, entre otros) concluyen que las  personas con una adecuada inteligencia emocional tienen facilidad para afrontar cualquier acontecimiento cotidiano de forma positiva y con sentido del humor, y para saber apreciar esas pequeñas cosas de la vida que nos hacen realmente felices. Además, el sentido del humor permite tratar determinadas situaciones dramáticas o desagradables desde fuera, de forma más distanciada u objetiva; por ello, trabajar la expresión de emociones positivas va a favorecer la fluidez mental y va a ayudar a las funciones psicológicas superiores, como el razonamiento, la reflexión, el análisis o la previsión de consecuencias, para que se desarrollen de modo optimizado.

Todo esto ha despertado, en los últimos años,  el interés de los profesionales en ofrecer programas psicoeducativos específicos dirigidos tanto a padres/ madres como a hijos,  que pretenden minimizar la problemática asociada a la ruptura de pareja y  facilitar una adecuada adaptación a la nueva situación familiar. Son programas preventivos que se centran en cambiar los factores que se ha demostrado que contribuyen a predecir una mala adaptación a la separación y en potenciar aquellos que ayudan a facilitarla. Los programas orientados a padres trabajan, entre otros contenidos,  la adquisición de habilidades de manejo de conflictos, habilidades de crianza y disciplina y estrategias de afrontamiento como la relajación, la asertividad y la solución de problemas. Con los hijos, se abordan la expresión de emociones (miedos, culpa, tristeza…), el fortalecimiento de la autoestima y posibles creencias erróneas sobre la separación de sus padres, entre otras temáticas.

Diferentes estudios avalan la eficacia de estos programas y concluyen que las familias que participan en ellos mejoran su bienestar, mantienen relaciones sanas entre sus miembros y disminuyen los conflictos interprogenitores.

En definitiva podemos decir que es básica y necesaria la ayuda que padres, madres y sobre todo, hijos e hijas, van a obtener en estas intervenciones, que no tratan de perfilar familias perfectas, sino de conseguir unas relaciones materno y paterno filiales saludables,  y unos padres y madres capaces de entender y apoyar a sus hijos en una etapa difícil para todos y que, pese a ello,  caminan juntos en su ruptura.

Alicia T. Pérez Soler

Responsable del Área Psicoeducativa

de Family Consulting

 

15818_el_divorcio_y_la_ruptura_de_pareja_genera_pobreza_social__especialmente_a_traves_de_los_danos_a_la_infancia